Beija-Flor – mi escola de samba favorita desde los tiempos de Joaozinho Trinta- - volvió a demostrar que el Carnaval de Río de Janeiro es una de las producciones artísticas más monumentales del planeta. Y que tiene muchísimo en común con el mundo de la ópera y el ballet.
Una música que sostiene todo, ya sea con una filarmónica o una batería de samba; vestuarios, escenografías, coreografías y efectos especiales que transforman los espacios en una gran fiesta; artistas talentosísimos que muestran como nadie lo que es trabajar con pasión y disciplina; equipos técnicos que nos regalan siempre su perfección; y un escenario o sambódromo que nos narran, a través de historias –pequeñas o colectivas- la identidad que reúne y representa a comunidades.
Estas
experiencias que reúnen a públicos diversos frente a un acto de
belleza y alegría, pero también de introspección e inspiración, también
son importantes motores económicos, generando empleos, turismo,
desarrollo de tecnología, y proyección internacional.
Los carnavales de Río, Venecia, el del altiplano andino o el Mardi Gras de New Orleans atraen visitantes de todo el mundo, al igual que las mejores temporadas de ópera en NY, Viena, Milán o París. Estos dos mundos que parecerían tan diversos, son manifestaciones de una misma fuerza: la del arte como legado cultural, construyendo identidad, creando puentes entre las personas, e inspirándonos en todo el planeta.



